MELODÍAS DE ESPERANZA
Poema de Olga Castells
Poesía · Naturaleza · Música · Imagen
Hay bosques que parecen guardar la memoria del agua.
Y aguas que todavía saben sanar el corazón.
En Melodías de Esperanza,
Olga Castells
penetra en el paisaje natural hasta convertirlo en un espacio de
restauración interior. El verde, los manantiales, el musgo, las flores
y el rumor del bosque dejan de ser solamente elementos del paisaje:
se transforman en signos de una naturaleza viva capaz de devolver
calma, conciencia y esperanza.
Melodías de Esperanza
Olga Castells
Sumerjo mis ojos en aguas de amor, dentro del cautiverio del
tiempo.
Siento el volar arrebatado y dulzón del caprichoso duende
del verde, en la paleta de su sabio cromatismo.
Mis sienes respiran con manantiales sin mácula, que regalan
calma y frescor a mi fatigosa desgana de hastío; me deslizo en mediodias de
esperanza mientras crece el bochornoso calor del perezoso y pausado estio.
Restauro y curo en mí, daños y males de nuestra tierra
abandonada y herida.
Hallo oculto misterio en el musgo del verde, sumergido en un
secreto culto....mientras se ofrece y entrega a la magia deslizante de las
sosegadas aguas.
Verdes y generosas promesas rezan, y en ellas deslizo mi
necesario ruego al unísono del pulso vital que el bosque regala.
Restablecida soy en salud y cordura, mientras mi oído se
colma en susurrantes murmullos de musgos y flores, que silvan muy quedo en los
secretos recitados en tenues, sutiles, etereas e íntimas plegarias.
Respirando en sus verdes y leves vientos me siento plena ...
dentro del cáliz de enigmas olvidados.¡
MELODÍAS DE ESPERANZA RECLAMO
EN NUESTRA TIERRA
HERIDA Y ABANDONADA
EN NUESTRA TIERRA
HERIDA Y ABANDONADA
El bosque como territorio interior
Melodías de Esperanza
comienza con un gesto revelador: la mirada se sumerge.
«Sumerjo mis ojos en aguas de amor», escribe Olga Castells.
No estamos únicamente ante la contemplación de un paisaje, sino ante
la entrada en él. Mirar significa aquí atravesar la superficie.
El bosque adquiere entonces una dimensión íntima. Sus aguas proporcionan
calma y frescor; el verde despliega su «sabio cromatismo»; el musgo
custodia un misterio y los murmullos naturales parecen transformarse
en plegarias. La naturaleza posee su propio lenguaje y la voz poética
aprende progresivamente a escucharlo.
Hay también una hermosa oposición entre el tiempo humano y el tiempo
natural. Frente al «cautiverio del tiempo», al hastío y al calor
detenido del estío, aparecen el movimiento del agua, el vuelo,
los manantiales y los leves vientos. El paisaje introduce otra medida
del tiempo: más lenta, orgánica y profunda.





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